Hay pueblos donde el reloj no manda, donde los árboles conocen los nombres de todos. Allí crecimos, entre fogatas, animales y cuentos que no estaban en libros.
Llevamos el sonido de los pasos sobre tierra mojada, de la risa entre sembradíos, del trueno cuando la montaña se enoja. Cantamos lo que se vive, no lo que se inventa.





